Violencias (in)visibles: género, ciudad y capacitismo

Vania Reyes Muñoz (COES – IEUT), Seidy Luan (FACSO, Universidad de Chile), Cristal Mora Rodríguez (Centro Comunitario de Rehabilitación, Departamento de Salud de Chimbarongo, Chile), Pía Rodríguez-Garrido (Facultad de Salud y Ciencias Sociales de la Universidad de Las Américas, Chile; Instituto Milenio MICARE; Núcleo Milenio DISCA)

Hace pocos días fue la conmemoración del 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, Juventudes y Niñas, instaurado en memoria de las hermanas Mirabal, activistas dominicanas asesinadas por orden del dictador Rafael Trujillo. Cada año, esta fecha nos convoca a visibilizar las múltiples violencias que experimentamos por el hecho de ser mujeres, tanto en los espacios considerados “privados” como en los “públicos”. Sin embargo, insistir en esta dicotomía espacial reproduce la ficción de dos esferas separadas: una asociada a la reproducción de la vida y otra a la producción del capital; una supuestamente íntima y otra destinada al debate público. Sabemos que esa separación nunca existió realmente, y mucho menos cuando analizamos la violencia de género.

Hace veinte años se promulgó en Chile la Ley de Violencia Intrafamiliar, que buscó prevenir, sancionar y erradicar la violencia ejercida dentro del espacio doméstico, en las familias y en las relaciones de pareja. Aquella normativa marcó un hito para el movimiento de mujeres y feministas, al reconocer que la violencia hacia las mujeres no es un asunto privado ni debe quedar “puertas adentro”, sino que exige una respuesta pública y estatal. Hace un año, este marco se amplió con la Ley Integral contra la Violencia hacia las Mujeres, que reconoce la violencia en todas sus formas y ámbitos.

Hoy queremos poner en discusión aquellas violencias que se producen en los espacios que definimos como públicos, justamente porque varias de ellas suelen pasar desapercibidas. Estas violencias se ocultan bajo la idea de ciudades, urbanismos, equipamientos e infraestructuras “neutras”, cuando en realidad esa supuesta neutralidad es parte del problema: los espacios no solo reflejan relaciones de poder, sino que pueden ser agentes activos en la reproducción de desigualdades y violencias.

Desde nuestro trabajo investigativo hemos observado cómo el espacio urbano, las infraestructuras públicas, las instituciones de salud y los equipamientos hospitalarios, lejos de ser neutros, (re)producen condiciones que violentan particularmente a mujeres, juventudes y niñas, y de manera aún más aguda a quienes viven con discapacidad. Estas problemáticas han sido históricamente abordadas y politizadas por la geografía, el urbanismo, la arquitectura feminista y los feminismos de la discapacidad, que desde hace décadas vienen denunciando que el diseño de la ciudad no es azaroso, ni menos “neutro”.

Las violencias también se sienten en los trayectos cotidianos: en la experiencia misma de moverse, trasladarse, acceder a los servicios básicos. Las distancias también enferman. Las calles no son sólo kilómetros, son separaciones simbólicas y materiales entre cuerpos cuyas necesidades no son igualmente reconocidas. En ciudades pequeñas, donde no existe un cruce seguro o donde el suelo adoquinado dificulta el desplazamiento, las barreras se multiplican. Para quienes intentan llegar al centro de salud en un cuerpo no hegemónico o normativo que es sistemáticamente invisibilizado por la ciudad, cada trayecto puede convertirse en un recordatorio de exclusión.

Ir a una consulta ginecológica no es simplemente desplazarse de un punto a otro: implica planificación, anticipación y un ritual que comienza al salir del hogar. Revisar la ruta, salir con tiempo, prepararse para sortear obstáculos, esperar, muchas veces en vano, que la ciudad reconozca ese cuerpo como un cuerpo que tiene derecho a transitar y permanecer.

Recordar el 25 de noviembre es también mirar la ciudad desde esta perspectiva: comprender que las violencias no siempre son explícitas, que pueden estar incrustadas en las materialidades, en las decisiones de diseño, en las infraestructuras que usamos cada día. Erradicar la violencia hacia las mujeres requiere no solo de leyes, sino también, transformar los espacios donde vivimos, transitamos y existimos. Una ciudad justa y digna es también una ciudad libre de violencias.

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